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lunes, agosto 26, 2013

Margarita Aldanás: “Solo quien perdona alcanza la paz”

Un mujer que dialoga acerca de sus conflictos existenciales con la sociedad y con ella misma, una mujer que encuentra en el perdón el instrumento que necesitaba para pasar páginas dolorosas y abrir otras nuevas; una mujer en esas circunstancias se presenta como protagonista de la novela Las manos de Pedro que la escritora matancera Margarita Aldanás ha dado a conocer en la Editorial Oriente, de Santiago de Cuba.
“Ella, el personaje principal, ha sufrido mucho, tiene problemas en su hogar, en la relación con el ambiente del pueblo en el que vive, y en el orden personal experimentó un suceso muy fuerte: una violación sexual”, comenta la autora.
“Sin embargo, a pesar de todo esto, sale adelante, y lo consigue  aprendiendo a perdonar: solo quien perdona logra la paz que se necesita para estar con su propio ser en todo momento, sean las circunstancias que sean.”
Esta es la primera novela de Margarita Aldanás, quien hasta ahora había publicado los libros de poesía Una mujer lo sabe (Ediciones Matanzas) y Cartas para Anton (Editorial El carro del sol, Barcelona). Había dado a conocer además algunos cuentos en revistas y antologías de ese género.La novela se desarrolla a modo de monólogo de la protagonista y, como dijera el escritor Ulises Rodríguez Febles al presentar este volumen en un espacio de promoción literaria en la ciudad de Matanzas, sigue “una narración cronológica de su biografía, y otras cronológico, con interrupciones y transiciones, bruscas, imprecisas o lentísimas, como pedazos dispersos de disímiles discursos que se funden en uno solo”.
Las manos de Pedro —agregó Ulises— es una novela, que cuando uno la lee, descubre, en la primera palabra, ella, como el foco discursivo es la mujer, una mujer de hoy, de varias épocas y latitudes, pero especialmente nuestra, de ahora mismo, que nos cuenta o de la que cuentan, su tragedia, con sus caídas y traumáticas maneras de levantarse, incluso de las humillaciones, de las vejaciones, del dolor que va más allá de las vísceras.”

viernes, abril 20, 2012

Glorieta sin agua o el nuevo Aleph

Publicado en mar desnudo

Glorieta, estación hacia la cual viajan, o desde la cual viajan esos habitantes que acaban de abandonar las fotos amarillentas, que son nuestra simiente y, por tanto, somos nosotros mismos. Glorieta, columna que sostiene la armazón de las ciudades, corazón de su gente. A su llamado la banda municipal desentumece los cuerpos reposados; en sus alrededores, abundan los cisnes que desde su exotismo hacen aparecer otros paisajes, tierras lejanas, aunque algún resquicio, alguna insatisfacción quede: ¿cómo se podría traer, pongamos el caso, un solo fragmento de mar hasta una ciudad que no lo tenga?

Glorieta, estación donde confluyen la fe y la desesperanza, la alegría y el dolor. Punto de encuentro de todo lo que nos rodea y de todo lo que nos conforma internamente. Aleph borgiano o, más bien, nuevo Aleph. Glorieta-Aleph recién descubierta por Israel Domínguez en este poema-pergamino que hoy da a la luz Ediciones Vigía. “Glorieta sin agua”, así se llama. Premio América Bobia 2010.


Desde dos ciudades se conforma, desde dos ciudades parte. Placetas y Manzanillo. En la primera, Israel nació y tuvo su infancia, su adolescencia. En la segunda, ha estado, está constantemente de visita, pues ha ganado amores, amigos y hasta enemigos, tal y como ocurre en los lugares que más marcan nuestras existencias.
Ambas perspectivas sostienen estos versos. Placetas aporta la nostalgia, el pasado que se une al presente. El ser humano que fue y es hoy, más o menos con sus mismas disquisiciones. El ser humano que en este mismo instante anda por Manzanillo, caminando de un lado a otro.

Manzanillo. Yo nací en Manzanillo. Yo me formé en Manzanillo. Yo tengo a Manzanillo en mí. Tal circunstancia explica también el que desde que tuve conocimiento de este poema me fijara de modo particular en la visión que se transmitía de esta ciudad. De hecho, la estimé como uno de sus principales méritos.

Manzanillo aparece en estos versos desde el deslumbramiento, o, más bien, desde el extrañamiento del que llega. Del que ve, oye y respira todo por primera vez. Si se acepta que todo o casi todo está descubierto, una posición como esta pudiera resultar peligrosa desde la óptica de la creación artística. Sin embargo, a pesar de que camina sobre el filo del cuchillo Israel Domínguez sale finalmente airoso. Digo que camina sobre el filo del cuchillo porque lejos de apartarse de los tópicos comunes, de los símbolos que de modo más evidentes caracterizan a esa ciudad, Israel va hacia ellos.

Israel dice glorieta. Esa glorieta en la que hasta hace poco había un fotógrafo de cajón, como sucede en los alrededores del Capitolio, en La Habana. Glorieta de la cual todo el mundo quería llevarse una foto-postal para su casa, entre ellos yo, aunque lamentablemente no conservo la imagen en la que aparecía, niño aún, con una ametralladora de juguete recién comprada, y con aquella construcción morisca en el fondo.

Israel dice licetas, el pescado que tiene la virtud de hacer que todo aquel que lo coma frito, y específicamente el que coma su cabeza, decida quedarse para siempre en un pueblo con tales exquisiteces.

Pero como si ya no fuera bastante, Israel dice además Beny Moré. ¿Recuerdan aquella canción: “A la bahía de Manzanillo voy a pescar la luna en el mar”?

Todos estos son símbolos de Manzanillo, como mismo lo son para Matanzas los ríos, los puentes, los poetas. Símbolos utilizados y vueltos a utilizar. Machacados y vueltos a machacar. Así y todo, Israel Domínguez  va hacia ellos. Los asume, presume de ellos, pero lo hace desde la perspicacia y la sensibilidad que tiene el verdadero poeta y que lo lleva a reapropiarse de los mismos, a redescubrirlos, a remantizarlos a partir del contexto distinto en que los inserta. De este modo todo cambia. Todo es distinto. Nuevo.

La Glorieta-otra aparece. Aleph inagotable. Estación que permite ir hacia diversos puntos, hacia diversos universos. Glorieta-bote como la ha concebido Rolando Estévez en el exquisito diseño de este pergamino. Con mujeres, con almas desnudas  convertidas en columnas que la sostienen. Con los mares que se tienen y con los que hay que salir a buscar. Con sus luces entretejidas. Con su país, con su realidad a cuestas. Con las palabras derramándose en cataratas, tratando de rellenar o al menos explicar el vacío que puede traer aquella “Glorieta sin agua” que está en la nostalgia y en el presente, y que punzonea desde su techumbre morisca.