miércoles, noviembre 01, 2006

José Manuel Espino: Sueños de una noche de verano y otras historias

José Manuel Espino (Colón, 1966) no cree en la inspiración. Nunca se ha levantado a media madrugada por temor a que se le vaya una idea. Siempre duerme tranquilo y va al encuentro de la creación entre ocho y diez de la mañana, aunque no niega que a veces amanece con mejor disposición para lidiar con las palabras.
Si bien su modus operandis como escritor no es tan romántico como algunos desearan (lo que tal vez debe a la visión práctica del economista que fue), en verdad tiene una sensibilidad artística poderosa que lo ha llevado a escribir montones de libros (la mayoría de literatura infantil) ganadores de montones de premios nacionales y, sobre todo, preferidos por sus principales lectores: los niños.
Las fervorosas lecturas de Borges y Gastón Baquero lo han convencido de que, luego de tantos siglos, en escritura las combinaciones totalmente nuevas se agotaron y no queda otro remedio que fabular sobre lo ya hecho, reescribir: “La absoluta originalidad es una vacua pretensión”, dice. Así, parte de su propia obra, se basa en el juego, en el homenaje mismo a la cultura.
Lo otro es el fino ser humano que le late por dentro, y que públicamente suele esconder –incluso en esta misma entrevista, pues hubo preguntas de carácter más personal que rehuyó o respondió de forma vaga. Dijo, en algún momento, a modo de justificación, que prefiere se vaya a él “por los libros y no por la historia de quien los firma”.
LOS LIBROS ESCRIBEN SUS HISTORIAS
Mi primer libro fue Sueño de una noche de verano (décimas). Con ese volumen tengo una anécdota graciosa. Entonces las ediciones de provincia realizaban escasas tiradas de ejemplares, agotadas casi siempre en las mismas presentaciones. Una fría mañana habanera de 1989 visité la librería La Moderna Poesía y me pregunté cómo sería ver la obra de uno en esos estantes. Dicho y hecho, tomé un ejemplar y lo puse como al descuido. Iba de un lado a otro pendiente de si alguien caía en mi trampa. Apareció una muchacha que lo hojeó y leyó algunos versos. Lo colocó de nuevo en su puesto y siguió revisando, pero al rato volvió, lo tomó y llevó a la cajera. La pobre mujer no entendía nada. Se dirigió al almacén ‘para consultar’ y, sorprendentemente, le cobró tres pesos, un precio excesivo para aquel tiempo (ahí llegué a la conclusión de que la pobre mujer no era tan pobre). No me presenté, pero aquella lectora anónima y lejana se quedó muy dentro de mí.
En sentido general mis libros han generado historias (algunas de las cuales parecen imaginerías), que me hacen recordarlos con agrado, y hasta con una sonrisa. En Santi Spíritus un niño tuvo problemas en su casa porque de todas maneras quería teñirse el pelo para parecerse al personaje de “Pelirrojo”, un autorretrato mío, un poema infantil que a él le habían encomendado declamar. Me han dicho que en una página digital dedicada a la magia se menciona mi libro Magia Blanca, tal vez confundido con un manual de hechicería, qué sé yo. En El Libro de Nunca-Jamás pretendí volver sobre mis huellas, repasar mi lírica, y fue tan así que estuvo a punto de no ganar el Premio La Edad de Oro porque en el jurado se dudaba si se trataba de un plagio, alguien bajo el estigma de Espino. Por suerte llegaron a la conclusión que la persona sólo tenía ¡cierta influencia! de mi obra…
EL LLAMADO DE LA LITERATURA
Mis primeros contactos con la literatura se remontan a los tiempos en que no sabía leer pero aprendía de memoria los libros ilustrados que compraba mi madre. Podía engañar a cualquiera con mi facilidad ‘para leer’, según las ilustraciones de las páginas, aquellas historias de cuentos rusos con nieve, trineos y bosques.
Como lector dependí mucho del azar, devoraba con igual pasión La Edad de Oro, Los tres gordiflones, Rompetacones, La Biblia, Las mil y una noches o El rojo y el negro. De toda esa mezcla algo debió quedar, ¿verdad?
Empecé a escribir de un modo nada original, más bien cursi: al enamorarme por primera vez. Aunque quisiera desterrar aquellas redondillas iniciales de mi memoria, aún quedan unas cuántas, para mi vergüenza, rondándome en la cabeza. Yo, el ser más olvidadizo del mundo, incapaz de recordar tantas cosas que debieran quedarme para siempre, he llegado a la fijeza con cierto momento: la muchacha rompiendo los versos mal escritos en hojas arrancadas a una libreta. Pero así de complejo soy, hasta el punto de apostar que ello me hiciera perseverar en la escritura. Luego me ayudó mi madre, decidida a que su hijo encontrara su lugar en el mundo.
Ahora bien, antes de llegar con seriedad a la escritura anduve por otros caminos.
CAJERO PAGADOR DEL CENTRAL RENÉ FRAGA MORENO Y...
Mis comienzos tienen que ver con la economía, que estudié primero por necesidad y luego por placer. Pude ser un alumno mediocre, pero eso iba contra mis principios, y al final le aportó a mi creación literaria. Aún puedo ver el encanto de los números en mis libros, donde ciertas construcciones sugieren una arquitectura puramente aritmética.
Yo, que ejercí de cajero pagador en el central René Fraga Moreno y después como contador del Banco Popular de Ahorro, nunca me he sentido disminuido por esos azares –un poco más que recurrentes-. No pocos libros se deben a esa época. Necesaria sin dudas. Arduo aprendizaje que me alejó del espíritu a veces demasiado acomodado del trabajador de cultura.
¿Por qué el espíritu demasiado acomodado del trabajador de cultura? Quiero decir que ahí ya estás en el medio, en el ambiente, y por tanto en apariencias se tiene mayor facilidad para la creación, pero a veces pasarse todo el tiempo leyendo textos de otros, dando consejos literarios, hace que se resienta la creación. E inclusive que te digas mañana escribo…, mañana respondo esa entrevista… Se hace más fácil la palabra mañana, mientras de estar trabajando en algo ajeno, y por tanto más hostil –un central azucarero, es mi ejemplo- el hoy es irremplazable.
LA MIRADA DEL OTRO
Antes de que una obra se halle lista transcurre un período en el que se juzga y analiza minuciosamente desde varios puntos de vista, colocando el mío –por supuesto- en primer lugar.
En el caso de mis amigos influyen sobre todo en los momentos iniciales, cuando medito lo que haré. Padecen largas conversaciones en las que defiendo, doy minuciosos detalles sobre escritos que sólo están en mi cerebro.
Luego, cuando siento que de algún modo he logrado la seducción, o la inquietud con esos interminables diálogos, entonces puedo entregarme al acto de eclosión que es la escritura. Con los años aparecen esas personas en quienes puedes confiar, bajo el convencimiento que no van a intentar complacerte.
Otro instante clave se da en la relación con los editores. Vivo un aprendizaje continuo con ellos, he tenido la suerte de que mis libros hayan pasado por las manos de maestros de esa difícil profesión -siempre tan puesta en tela de juicio-.
En mi experiencia lo más importante es no ver en el editor a un intruso sino esa “otra mirada” que con mayor distanciamiento permite encausar las trampas que nos suele hacer la pasión. El mejor editor es el que propicia la discusión provechosa, donde cada uno defiende pródigamente sus valoraciones y al final sólo queda compartir la complicidad con el libro. Me agrada el editor que se me oponga, aquel que me haga superarme, siempre he creído con sinceridad que si desaparece la contraparte mueren infinitas posibilidades de dotar de nuevas dimensiones el texto.
En la literatura infantil, otra mirada que resulta determinante es la de los ilustradores. Esta relación resulta bastante complicada en mi caso, pues me considero ese tipo de escritor –irresistible supongo- que ve más allá de las letras.
Cuando escribo me asaltan las imágenes que deben acompañar al libro, creo conceptos, y hasta en los aspectos relacionados con el diseño “siento” que debo intervenir. Alguna que otra vez se me han facilitado las cosas y en muchas otras he contemplado los toros desde las barreras (la posición más difícil para mí). A lo mejor sea un error pero hasta el momento y sin faltar a la verdad me complace más el resultado cuando estoy dentro de la batalla. Sin embargo, la verdad llama a la puerta, no siempre se puede lograr esa relación y a veces hasta se generan conflictos. Por tanto me he prometido interesarme más por la escritura y dar mayor libertad a quienes ilustran: vamos a ver cuánto dura tal decisión.
Por último, la opinión definitoria es la de los propios lectores. Creo que es el más sagrado de los criterios a seguir. Pienso incluso que el escritor de literatura infantil debe, parafraseando a Saint Exúpery en su concepto del amor, “escribir con los ojos puestos a donde miran
los niños”.
¿HACIA DÓNDE MIRAN LOS NIÑOS?
La literatura infantil cubana ha puesto sus ojos en temas contemporáneos, casi subversivos para el gusto de los mayores de edad, pero vitales para los niños, necesitados de oír hablar sobre esas cosas. La infancia de hoy es transgresora. Tiene una capacidad de movimiento que nos hace bien difícil ‘estar sobre la pista’ de lo que piensa.
No todo lo que trata esos temas es bueno. Hay en algunos casos mucho de moda o, peor, de oportunismo, de comercialismo basado en ciertas fórmulas tremebundo marketing, donde predomina la sumatoria de calamidades, de traumas, como combinación facilista para alcanzar un cuestionable y a la larga vano éxito.
No obstante, creo que en la mayoría de las ocasiones los validados han sido los libros auténticos. Pienso además que no debiera privilegiarse la “valentía” en los planteamientos de aquel o más cual título sin la aceptación de que igualmente necesaria es la literatura de la imaginería, aquella
que recrea otros mundos. (¿Abogamos ciertamente por la diversidad?) Y también me parece que debiéramos detenernos más en el acto escritural en sí mismo, los presupuestos a los que se acude y la manera en que se resuelven.
UN ESCRIBA EXPERIMENTADOR
Sí, la experimentación es parte de mi obra, sobre todo de la poesía, caracterizada por ciertos rasgos ‘juguetones’: acudir a ciertas estrofas raramente usadas antes, como el ovillejo; la frecuente aparición de textos visuales; el uso de prosas que buscan el extrañamiento del lector, donde presiento se derriban más las fronteras aceptadas entre
los géneros y también se logra un mayor acercamiento a la poesía que se escribe en la actualidad –sin distinguir edades-. Y por último el concepto del libro cerrado en sí mismo, con abiertas provocaciones como laberinto, siempre marcados por la intertextualidad.
Tal vez esas ansias de búsqueda, de renovación y rejuegos, sean las responsables de mi incursión en varios géneros literarios: poesía para adultos e infantil, teatro y novela. La poesía la he frecuentado más, pero el teatro es el que más fácil me sale, me fascina el poder de la imagen y tejer los entramados de acciones. Mi primera pieza teatral fue Chico, un homenaje al cine mudo, y acabo de terminar una segunda, Verde que te quiero verde (para niños), en la que rindo tributo a Federico García Lorca. Procuré que fuera divertida y no recurriera mucho a la poesía: cada género cuenta con sus códigos.
Como novela tengo “Papá. Com”, un libro infantil. Lo recomendó para publicación el Jurado del Premio Casa de las Américas 2005, acudí a los códigos del correo electrónico y la frialdad de la comunicación. Se dice tanto con los silencios que hasta llega a lastimar. La visualidad, como siempre en mi obra, es fundamental, aquí procuro imitar la pantalla en el momento de enviarse los mensajes.
ESCRITOR REQUETEPREMIADO
Hay que ver los concursos como trofeos de caza. Desde la provincia es la mejor manera de publicar y jerarquizarse. No son pocas las piezas que puedo mostrar y de las que me siento orgulloso. Como aquel temprano David en 1989, entonces uno de los concursos más preciados, y determinante para que viera la posibilidad de escribir como algo más que un divertimento.
Pero, siguiendo la historia de la caza, existe el instinto, el olfato, la fortuna y por supuesto el peligro. A mí me va bien en sentido general –que no siempre tan bien como aseguran los maledicientes-. A estas alturas, con 4 Premios la Edad de Oro, y tres recibidos de manera consecutiva, sería absurdo sentir pudor y decir que soy reticente a los concursos, pero con igual claridad aseguro que no me han hecho mejor ni peor escritor. Sólo me han compulsado a dar por cerrado algún que otro libro, y aligerado el camino a la publicación, lo que de por sí es bastante. (Sin contar que el diálogo con el editor a partir de un premio suele ser mucho más cómodo).
UNO MÁS EN LA PROVINCIA
A pesar de los premios me considero uno más de los que han hecho literatura infantil desde aquí, especialmente desde Colón, mi ciudad natal, que aparece hasta de forma inconsciente en casi todos mis libros.
Matanzas ha tenido su hechizamiento particular con la literatura para niños, como lo demuestran el solo nombre de Dora Alonso, o la aparición de un Aramís Quintero o de una Damaris Calderón. Acercamientos tan distintos a la literatura para niños y todos igualmente seductores.

1 comentario:

Anónimo dijo...
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